Era...

Era una huida,
 la forma de escapar de mis rutinas,
cuando las cotidianeidades se hacían carne,
y la poesía necesaria.
Era mi oasis, 
el espejismo en el desierto de mi realidad,
mis cuentos y mis músicas.
Calles de otros lugares,
sonidos y aromas de otros tiempos,
en los que me hacia bien,
y me daba la mano.

Pensamientos de bar

Su pequeña manita dejó sobre la mesa una estampita con la imagen de San Cayetano. Yo, ensimismado en un Cortázar que me contaba una historia de Cronopios y Famas, me percaté de ella después de terminar esa página, cuando ya estaba en la barra hablando con un señor gordo, peinado de gomina y de traje gris, que tomaba un café con leche. 
Aquel bar de la ciudad era uno de mis favoritos. Clásico, de esquina, con cierto misticismo y una ventana que daba a aquella calle del microcentro, donde la gente no dejaba de transitar. Además, hacían las medialunas caseras. Lejos, de las más ricas que haya probado en mi vida. Quizás eran esos motivos por el cual lo elegía entre tantos otros. 
Esa fría tarde de invierno me encontraba allí porque me lo debía. 
Solía pasarme seguido de añorar lugares, por recuerdos, aunque Sabina decía que "al lugar dónde fuiste feliz no debieras tratar de volver." Más de una tarde me encontré pasando nuevamente por aquel edificio de San Telmo, el banco de aquella plaza donde confesé mi amor, o cuántos otros espacios que habían sido plurales. 
Cuestión que ese viejo bar también traía añoranzas. Sin tener que esperar a nadie, pedí otro cortado y la nena que me había dejado la estampita volvió a mi mesa para pedirme si podía darle algo de plata. Y me sacó de mis pensamientos para sumirme en otros.
No recuerdo si le dije algo o cuantas monedas le dejé. Sólo quedé mirando sus ojitos marrones y su rostro triste. Cuando reparé en la situación, ella ya se estaba yendo, con su mirada tan perdida como su infancia. 
Me costó volver a mi libro. No pude leer más de media carilla sin perder la concentración. Apuré el último sorbo de mi café ya frío, agarré mi fiel anotador y mientras la veía irse por aquella calle tan transcurrida, empecé a escribirle su cotidiana. 


"11 Y 6" (FITO PAEZ)